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Siempre había pensado que no era posible. Pero lo fue. Acabó soñando con los últimos pensamientos que tuvo antes de caer rendido. O eso le pareció a él, al despertar. Pensó en la Navidad y en lo que trae consigo, y lo soñó.

Antes de dormirse, imaginó los siguientes días en el pueblo con sus amigos, sus tíos, sus primos y su abuelo, su querido abuelo. En esos instantes de la noche, al pensar en él, se entristeció. Fue una gran nube negra, una tristeza indescriptible que lo llenó por entero y lo desveló. Fue el salto del abuelo Fermín a la abuela Carmen, que había muerto varios años antes, cuando él era pequeño. No la recordaba bien, apenas era capaz de acordarse de su cara, le ponía la del retrato que su abuelo tenía en el comedor y que tanto apreciaba. Pero se sabía de memoria mil anécdotas de su vida juntos, que el abuelo le había contado. Sólo entonces, cuando hablaba de ella, el abuelo era feliz. Sólo. Era como si hubiera perdido la ilusión por la vida. Y, últimamente, se había convertido en alguien huraño. El abuelo había sido siempre muy pinturero, le gustaba arreglarse y ponerse guapo cada día, pero se había abandonado y ahora aparecía sucio, desgreñado y sin afeitar. Además, malcomía y hablaba solo, como si se hubiera creado un mundo aparte. En el pueblo habían comenzado a hablar mal de él. Si alguien se acercaba a su casa, lo despedía a voces y malhumorado. Se negaba a irse con alguno de sus hijos, que vivían y trabajaban en la ciudad, a bastantes kilómetros del pueblo.

La situación era insostenible y la tía Carmen y su padre ya habían discutido por el abuelo en varias ocasiones. Casi ni se hablaban. Y él lo sentía mucho porque estas riñas lo separaban de sus primos. Con todo lo que habían jugado juntos, cuando las familias se llevaban bien, con todo lo que se querían. Las discusiones de los padres los habían arrastrado a ellos, los primos, que habían tomado partido. Cada uno por los suyos. Y todo había quedado reducido a un triste whatsApp por el cumple de cada uno de los tres, y gracias. ¡Con lo que él quería a su primo mayor y a su prima pequeña! ¿Dónde se habían ido los juegos y las risas de antes?

Y todo porque su tía Carmen decía que no tenía sitio en casa para el abuelo, que no podía ser, y que su marido, el tío Manolo, se negaba de todas todas, que ya sabíamostodos lo mal que se llevaban suegro y yerno. A lo que su padre replicaba que él tampoco podía hacerse cargo, de ninguna de las maneras, que tenía en contra a su mujer, muy en contra, porque él, años atrás, se había negado a acoger en casa a los otros abuelos. La situación se había agravado con la continua negativa del abuelo a irse del pueblo, y dejar la casa en la que siempre había vivido, y alejarse del cementerio. Era su única salida al día. Y menos para ir a una residencia, que para eso prefería morirse ya, decía. Lo demás, la comida y las medicinas, se lo llevaban a casa. Al parecer, según le decían las vecinas a su padre, ya sólo debía comer conservas y poco más, y de un modo irregular, cuando se acordaba de llamar al ultramarinos. Por otro lado, estaba su deterioro, caballo veloz hacia el precipicio. Bien lo veía Carlitos, a pesar de la oscuridad de su cuarto.

Todo esto bullía en su cabeza y en su corazón, y no se dormía. Todo esto mezclado con las ganas de recuperar la amistad con sus primos y amigos, ahora, al llegar al pueblo. Todo esto mezclado con los deseos, que ya eran urgencias, de que los tíos y sus padres llegaran a un acuerdo por el bien del abuelo, y dejaran las riñas y las discusiones de una vez. Si en el fondo, se querían, ¡si él lo sabía de siempre!

Todo esto mezclado con la llegada de la Navidad, la época de la esperanza eterna. ¿Cómo la vivirían en el pueblo, cómo se arreglarían para no discutir más?

¿Acudiría el espíritu de las Navidades pasadas, el de las presentes y el de las futuras, como en el musical que habían representado en su colegio?

Cuando se despertó, no sabía qué era real y qué había soñado, y tardó un buen rato en poner cada cosa en su sitio. ¿Había soñado la realidad o la había pensado medio dormido?

Una cosa era cierta, esa mañana iban al pueblo para celebrar la Navidad con sus tíos, sus primos y su abuelo. Se preguntaba qué pasaría, si llegarían a un acuerdo o no, si la celebrarían con esperanza. Él confiaba en su mamá, a pesar de todo.

El viaje fue largo y pesado, de silencio doloroso y tenso. Y al llegar a casa del abuelo, lo encontraron al calor de la lumbre, tan viejito y desgreñado como les habían dicho.

Octavio C. Velasco

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